El mayor mérito de la carrera de Luka Modric

No es un hombre fácil mi padre. Endemoniado con el mundo desde hace demasiado tiempo, discute con la televisión acaloradamente. Como mi madre hace, también, demasiado tiempo que no le responde a ningún intento de pelea dialéctica, no le queda más que el LG para desfogarse. Entre los principales receptores de su ira están los políticos, claro, y cualquier futbolista que destaque un poco. Cualquiera. Si son del Real Madrid o del Barça, mucho más. Todos son unos inútiles elevados por la prensa. De Messi a Ramos, de Cristiano a Piqué. En la casa de mis padres se puede escuchar, con pasmosa normalidad, que Isco va al Mundial por ser del Madrid ya que en Mareo (con perdón) hay una docena mejores que él, pero, claro, todo es un gigantesco montaje, un contubernio, para acallar la realidad.

Con una excepción.

En la primera parte prórroga de ayer entre Croacia y Rusia, Luka Modric se marcó treinta metros de sprint para llegar casi hasta el corner de la defensa rusa y obligar a sus rivales a perder el balón por su presión. Antes, sobrepasado ya el noventa, cogió el balón en un par de ocasiones y emprendió galopada por el centro del campo dejando atrás tanto a enemigos como a amigos, pues ninguno de los presentes en el césped entendió qué estaba haciendo. Nada, sólo destrozando dos líneas del tirón en el minuto cien de un cuarto de final de un Mundial. Los desesperados rusos sólo lo vieron pasar sin poder hacer nada. Los atónitos croatas no supieron interpretar o, quizás, adivinar que aquella intención tendría resultado y no fueron capaces de seguir a su 10 a ningún lado.

Fueron tres rúbricas a otro partido memorable. Y ya van demasiados. Tanto con su selección como con su club. He visto a este hombre destrozar entramados y pivotes con un giro, un regate, un pase, de manera tan continuada que corro el riesgo de darlo por descontado. Y, sin embargo, no es de fútbol de lo que hablo aquí. O no sólo de fútbol.

Hablo de que me resulta imposible no amarle. Se convierte Luka en un jugador de todos en una era en la que eso no parece posible. Cuando las barricadas se han establecido más firmes que nunca y el ruido del odio, el desprecio y la burla se apodera de cualquier sonido, Modric se desentiende y se convierte en una excepción como pudo ser la de Andrés Iniesta hasta hace nada.

Hay un punto de normalidad en el medio croata, una sensación de que no va a salirse nunca de las leyes no escritas del fútbol, esas que han formado callo en la imaginación del aficionado, que le hacen imposible de odiar o despreciar. Y, sin embargo, creo que es más aún ortodoxo en lo que al juego se refiere y, por eso, el aplauso hacia él es general.

Lo que quiero decir es que no es que eluda polémicas estériles fuera del campo, que no sea de los que protestan o se tiran, que siempre esté del lado de los suyos, sino que, además, es el que hace la primera presión, el que da el último pase, el que reniega de sí mismo cuando no le sale el regate, el que tira cuando debe, el que se mueve al espacio y no gesticula si no se la dan, el va de pared en pared lo mismo que de slalom en slalom según lo pide el partido. El que asiste, roba, marca, pasa, falla, pierde, suda, vive, muere y levanta copas con la misma facilidad con la que ve a un lateral subir por el lado desprotegido de la defensa.

Es uno de los que queremos todos.

Hasta mi padre, que cuando lo ve, melenilla al viento, murmulla por lo bajo que éste sí, que éste si sabe jugar, que hasta se parece a Johan, el cabrón, y que si algo se parece a Johan, a mi padre se le ilumina el alma y deja de quejarse. Quizás sea éste el mayor mérito de la carrera de Luka Modric.

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