Piazza, New York catcher

Esta es una historia sin moraleja o enseñanza, salvo si consideramos como tal el que el universo sea un lugar desquiciado, cómico y surrealista. No tiene arco narrativo. No tiene héroe. No tiene conclusión satisfactoria. Sólo cuenta el esperpéntico pasar del tiempo por un tío que nunca supo porque en aquel momento estaba allí, fuese cual fuese el aquel momento o el allí.

Comienza el 21 de septiembre del año 2001 en Nueva York. Diez días antes, haced la cuenta, pasó algo en esa misma ciudad de cierta magnitud para nuestra civilización. Tal y como llevaba décadas prediciendo el cine de catástrofes, el fin de los tiempos ocurrió en Nueva York. Esa semana se decretó la suspensión de la vida en Estados Unidos y, aún con mayor gravedad, la de los deportes. La NFL. La MLB.

Tras el parón, el primer partido de béisbol en la ciudad se jugó en el Shea Stadium de Flushing, Queens, hogar de los New York Mets. Recibían a los Atlanta Braves. Los comentaristas de televisión fueron aleccionados para que no celebrasen nada en exceso: era una noche de recogimiento, de unión de la comunidad en el velatorio, nunca de celebración. 41.235 personas llenaban las gradas. Nueva York quería llorar junta en torno al deporte, uno de los puntales culturales y emocionales que les definen. Que nos definen.

En la octava entrada, los Braves iban uno arriba. Piazza, New York catcher llegó a su turno de bateo con compañeros en base. Howie Rose narraba en televisión: «Éste es el hombre que querían los Mets en esta situación, una carrera abajo, final del partido». Primer lanzamiento, una bola rápida al cento: strike. Segunda lanzamiento, una bola rápida al centro: no, no otra vez, Piazza la agarra y la manda a casa de su madre. Home run. Los Mets por delante. Y la explosión. Gutural. Unánime. Tribal. Básica. Home run en Nueva York. Que se jodan los malos. Home run en Nueva York. Los Mets gana. Los Mets ganan.

Chipper Jones, mito de los Atlanta Braves, enemigo histórico de los Mets, lo vio todo desde el campo. Hoy mismo ha dicho: «Fue el partido más memorable que he jugado. Y perdimos. A nadie le importó».

El 20 de mayo del año 2002, el periodicucho New York Post publicó una de sus excesivamente leídas columnas de cotilleos afirmando que en el vestuario de los New York Mets había un gay y que había decidido salir del armario. Todos los focos apuntaron a Piazza, New York catcher. El hombre había sido, en sus inicios en Los Angeles con los Dodgers, todo un modelo publicitario para la MLB y se le auguró una carrera en Hollywood, si ese acababa siendo su deseo. Guapo, famoso, pinturero ¿en un campo de béisbol? Gay. Dos y dos, cuatro.

Un par de días después, ante la persistencia del rumor, el jugador atendió a la prensa con una declaración digna del béisbol puro, el del siglo XIX: «No soy gay. Quedo con mujeres. Es todo lo que tengo que decir». En honor a la verdad, usó un tono jocoso a partir de esa declaración inicial y prosiguió explicando que no podía controlar lo que la gente pensaba, que en el vestuario de los Mets se recibiría con los brazos abiertos a cualquiera sin importar su condición sexual e, incluso, bromeo sobre el motivo del porqué de este cotilleo: «supongo que los terroristas ya no venden tanto en las periódicos».

Es un asunto bochornoso que uno prefiere que quede como una nota a pie de página. Pero Stuart Murdoch no me deja.

Stuart Murdoch me parece un músico excepcional. Tengo cierta derivación hacia el pop escocés que espero podáis perdonarme. Fundó Belle&Sebastian y llenó mi cabeza de preciosas melodías en un rango que abarca el trecho que va de la tristeza existencial a la alegría de las pequeñas cosas, con un envoltorio a medio camino del gospel y la canción de campamento. No, yo tampoco las escucharía tras esa descripción.

Stuart se crió enfermo en Clarkston en las Central Lowlands de Escocia. Sufría de fatiga crónica, daltonismo y cristianismo. Eso le hacía estar mucho en casa y ser la vergüenza de todo aquello que uno considera escocés, pues es un alma sensible, muy culta, reflexiva, inteligente y, ojo, abstemio. Ni una gota de whisky ha probado, dice. Y lo dice. Que lo reconoce, quiero decir. En Escocia. O sea.

Sumadlo todo, haced el favor, y concluid lo único posible: fue acusado, tachado, juzgado, condenado como gay. Al punto de que, casualidad, se vio empujado a hacer la siguiente declaración: «Soy tan heterosexual como para aburrirme a mí mismo».

¿Sabéis otra cosa que diferencia a Stuart de todo el resto de escoceses que en el mundo han habitado? Le chifla el béisbol. El cómo alguien de las características vitales de Murdoch ha acabado enamorado de un juego tan varonil, norteamericano y elemental (perdón por el triple pleonasmo) es algo que se escapa a mi comprensión. Si algún día hablo con él será lo primero y único que le pregunte.

Sí que conozco el inicio de este extraño amor, porque él mismo lo ha contado. Su amigo Nate le llevó a ver un partido de los Mets, a finales de los 90, y quedó prendado al instante. Del juego, del ambiente. Y de Mike Piazza, New York catcher.

En el año 2003 Belle&Sebastian publicaba su sexto album de estudio, Dear Catastrophe Waitress, cuya cuarta canción se titula Piazza, New York Catcher, y que es una curiosa colección de postales de la vida prematrimonial de Murdoch y su entonces novia, con especial atención a un Giants-Mets en San Francisco, y que contiene la frase: «Piazza, New York catcher, are you straight or are you gay?»

Un escocés apasionado por el béisbol, las melodías tranquilas, la música de iglesia y que no bebe. Bien. Un norteamericano retirado, millonario, jugando al glof en Florida con Michel Jordan, en plena pitopausia, casado con una playmate y actriz en Los Vigilantes de la Playa que decide que la mejor manera de invertir su dinero es en un club italiano de fútbol de tercera división. Mejor.

Piazza, ya no New York catcher, llegó a Reggio Emilia el 18 de julio de 2016. Tras intentar comprar el Everton, el Leeds o el Parma, todos ellos desechados por ser o muy caros o muy endeudados, fue advertido de que había clubs en tercera división en Europa que valían del orden de 100 millones de euros, algo con lo que no fichas ni a dos centrales para un club grande. Le fascinó el asunto. No tenía ni la más reputa idea de cómo funciona el fútbol europeo, de porqué valen eso, de lo que significan estas instituciones para sus ciudades.

De la misma forma que él estaba ciego ante la verdad, ni un sólo habitante de Reggio Emilia tenía ni la más reputa idea de que el americano loco que compraba la Reggiana era una leyenda del béisbol, ni de que era el béisbol siquiera, como para saber que era protagonista del 11-S o de un temazo escocés. Cuenta el periodista Jacobo Della Porta, de la Gazzetta di Reggio, «fui a comprar su biografía a unos grandes almacenes y me la tuvieron que pedir. Según parece, no se había vendido un sólo ejemplar en toda Italia».

Piazza, ya no New York catcher, fue recibido como un héroe. Pancartas. Ultras con bengalas. El alcalde. El arzobispo y toda la hostia.

Lo primero que dijo a los empleados del club fue: «El que no crea que podemos estar en la Serie A en cinco años, puede marcharse». Algunos lo hicieron. A otros, les dijo que se apartaran, porque iba a traer a su gente. Fue ahí cuando descubrió que aquí las cosas se hacen diferentes que allí: tenía que pagar a esa gente igual, aunque ya no estuviesen. El presupuesto del equipo pasó de 500,000 euros a cuatro millones, y la posición del equipo mejoró: del séptimo puesto en 2016 al quinto en 2017.

El batacazo económico fue de tal calibre que Piazza, ya no New York catcher, hizo lo que haríamos la inmensa mayoría de hombres inútiles de mediana edad: ante la bronca diaria de su mujer, Alicia, le entregó todo el poder.

Alicia. Como ya he referido: ex-playmate, ex-vigilante de la playa. Sí, es despectivo el tono que percibís. Alicia. Oh. Cito: «¿Quién coño ha oído hablar nunca de Reggio Emilia. No es Venecia, no es Roma. Mi mejor amiga me dijo que habíamos comprado Pittsburgh. No eran los New York Yankees, ni siquiera los Mets o lo Dodgers. Era el puto Pittsburgh. Un infierno». Nótese el reguero de cadáveres que deja tan precisa declaración, entre ellos los dos equipos que dieron fama y dinero a su propia familia.

Alicia cortó por lo sano en la Reggiana. Ni un céntimo de más gastado. No, lo digo en serio. Ordenó a los conductores de los autobuses de los niños de la cantera que no parase en sus casas. Obligó a los jugadores a lavar la ropa en sus propias casas. Insultó a todos los empleados del club, uno por uno.

En Navidad de 2017 el equipo marchaba decimoquinto cuando Alicia se tomó dos meses para irse a Miami. Al volver, en marzo, estaban segundos y peleando por el playoff de ascenso a la segunda italiana. Casualidad, supongo.

Esta tragedia culminó en una eliminatoria por el ascenso contra el Siena donde, en el minuto 109, con un penalty por mano dudosa, la Reggiana se quedaba en tercera. Los Piazza, el ya no New York catcher y la ex-playmate, reunieron al equipo, a los trabajadores, a la afición, a los ultras, al alcalde, al arzobispo y toda la hostia y les dijeron que estaban orgullosos de ellos, que el corrupto fútbol italiano les había impedido subir pero que pelearían hasta el final. Ovaciones. Bengalas. Vamos, Vamos. Federación, hija de puta. El año que viene, a por ellos. Tres días después, un protagonista del 11-S y un precioso medio tiempo pop, y su inolvidable esposa, desaparecieron en la noche camino del aeropuerto, pusieron el club y la villa donde vivían en venta y abandonaron su pesadilla futbolera.

En diciembre de 2018, el club Reggiana, herido de muerte por la bancarrota, desapareció. El mismo día que eso ocurría, Mike Piazza, ya no New York catcher, tal y como evidenciaba una feliz foto en Instagram, jugaba al golf en el viejo campo de Saint Andrews, Escocia.

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