Los Lakers son otra cosa

LeBron James llegó a Los Angeles Lakers el 21 de febrero del año 2017. No lo sabía ni él, pero sí la que hoy es la gran figura que domina la franquicia: Jeanie Buss. Quizás le puso otro nombre, en plan «un agente libre en condiciones», «alguien que cambie el signo de la franquicia» o, sencillamente «un puto jugador de baloncesto de verdad», pero en el fondo sabía que sólo se refería a él.

Fue ese día cuando Jeanie echó a patadas de la franquicia a su hermano Jim y al hasta entonces general manager Mith Kupchak. Ambos le estaban vendiendo la misma moto que venden los que dirigen equipos de la NBA y que tan a gusto compran las bases de aficionados: que si estamos en plena reconstrucción, que si ya verás como en el draft nos va a llegar un figurón que nos va a poner todo el flequillo para atrás, que si paciencia, que si paso a paso, que si hay que medir el espacio salarial.

Mientras escuchaba esa letanía, un año más, Jeanie miraba por la ventana y veía las estatuas del Staples. Aquellos Kareem, Magic, West, Chamberlain, y escuchaba, en la distancia, bufar como un toro ansioso a Kobe Bryant, recién retirado pero con la misma mala hostia de siempre. ¿Pero qué puta mierda es esa de reconstruir? ¿Qué hostias somos, los Sacramento Kings, los Orlando Magic?

Magic.

Así que Jeanie cogió los Lakers por los cuernos y aceptó la gran verdad de la NBA: en Los Angeles hay una franquicia que no es como las demás. Son Los Angeles Lakers y las milongas se venden en otro lado. Lo único relevante, lo único, son las banderas del techo, las estatuas de las afueras de la cancha y el mundo dividido entre fans altaneros, apestosos y pagados de sí mismos, y haters contrahechos, malolientes y despiadados en las derrotas. Comparar eso con el tanking, Procesos varios y esperar a la lotería del draft es de no haberse enterado de la película.

Jim y Mith no se enteraron. Magic Johnson sí. Oh, sí. Claro que ése sabe de qué va todo esto. Jeanie firmó a Magic para esto. Sólo para esto. Para que los Lakers fueran los Lakers y una franquicia más de la NBA. Y el mito, que de negocios sabe latín, y de percepción pública más aún, vendió púrpura y oro desde el minuto uno. Puso a Rob Pelinka, un antiguo agente de jugadores (agente de jugadores), a cuadrar números y a llamar a quien tenía que llamar.

Hoy Los Angeles Lakers tienen en sus filas a LeBron James. A saber a quien tendrán mañana. La seguridad es absoluta en que tratarán de conseguir siempre a los mejores, en cualquier circunstancia. Es lo que tiene que ser diferentes, especiales, superiores. Pedirles construir con un núcleo de jóvenes prometedores a través de la paciencia y milongas de similar calibre es despojarles de todo aquello que les ha convertido en los únicos capaces de asaltar la agencia libre sin más arma que su camiseta y su historia. ¿Por qué nadie querría ver dignidad en lo mediocre?

No Jeanie Buss, desde luego. Ni Magic Johnson. Que miren a cinco años vista los que no tienen más remedio. Que sueñen con que las piezas cuadren 29 equipos a los que el destino obligo a ganarse el pan con el sudor de su frente. En Los Angeles juegan los Lakers, en Los Angeles juegan las estrellas, y el que no lo entienda está muy equivocado.

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